El mundo audiovisual era un gran desconocido para mí. Siempre pensé que era ACTRIZ DE TEATRO, que no era fotogénica y que nunca, nunca podría dedicarme a la rama audiovisual. No podía estar más equivocada.
Hace dos años empecé a interesarme por este modo de interpretar, buscando experiencias nuevas y sin mucha confianza en mi talento frente a cámara (me daba un miedo terrible).
Pero pronto me di cuenta de que este mundo tiene que ver con el talento, pero, en mayor medida, está relacionado con el trabajo duro, con el conocimiento de uno mismo y con la confianza en el trabajo bien hecho, amén del compromiso con la profesión, con lo que verdaderamente significa ser actor y con la defensa de todos los proyectos que tenga uno por realizar.
A base de repetir ejercicios, de ver cómo trabajaban los compañeros, de visionar la sesión del día y de llevar mi propia cámara para grabar las clases, se fue despertando mi interés por lo audiovisual, fui reconociendo la dimensión del famoso cuadro y teniendo conciencia de las imágenes que, dentro de él, se podían llegar a crear, me fui reconciliando con mi propia imagen (llegar a ser objetivo con uno mismo es un descanso); a medida que fui entendiendo el código audiovisual, el lenguaje pasó de ser reproducido y entendido en mi cabeza, a ser sentido y expresado por el cuerpo, de forma automática (todavía no del todo, pero vamos avanzando), lo cuál es un alivio y a la vez muy gozoso.
Poco a poco se van incorporando los conocimientos y se van viendo los resultados en las grabaciones, y, a medida que reconozco la incorporación del código en mi trabajo, se van disipando los absurdos miedos que sólo ponen freno a lo creativo, y las peligrosas dudas que no nos permiten avanzar en el riesgo de conseguir lo que realmente queremos en esta vida.
El proceso es largo, sospecho que dura toda la vida, pero, después de ponerle conciencia a todo esto, y sabiendo que me queda un largo camino, ahora puedo decir que sé que soy ACTRIZ, sin más apelativos, y que me gusta serlo.
Sandra de Winter.-
Etiquetas: actuación, alumnos, lenguaje audiovisual
Morbosos, absteneos, lo que voy a contar no es una experiencia sexual. Es, más bien, una experiencia audiovisual, o quizá sería más lógico llamarlo aprendizaje audiovisual. El caso es que trataré de contaros brevemente lo que, para mí, ha sido la gran última revelación de mi vida, profesionalmente hablando.
Me habían dicho en repetidas ocasiones que mi formación había sido eminentemente teatral. ¿Que qué significa “formación teatral”? Eso me preguntaba yo, y cuando oía éstas palabras, en mi mente surgía una y otra vez la siguiente frase: “Este tío (o tía) está equivocado(a). La formación que he recibido sirve para interpretar en un teatro o donde haga falta. La formación que he recibido es formación actoral y punto.” Pues sí y no. Sí, porque, efectivamente, gracias a ella puedo interpretar donde me dé la gana. Y no, porque aunque el resultado en el teatro es el adecuado (mejor o peor, pero adecuado), ante una cámara, creedme, no lo es. Parece lógico pensar que teatro e imagen, al ser dos campos distintos, utilizan distintos códigos, y por lo tanto se nutren de diferentes enfoques interpretativos. Parece también lógico pensar que lo que estoy diciendo es una perogrullada, que lo es, y que ya se me podría haber ocurrido antes, pero no tenéis más que echar un vistazo a la televisión o el cine para apreciar que todavía hay actores y actrices que no se han enterado de ésta bobería.
Total, que hace poco, aunque creo que es más correcto hablar de unos cuantos meses, me incorporé al curso de interpretación ante la cámara impartido aquí por La Compañía. Mi idea era la de “probar un mesecito a ver qué es esto, y si no me convence, adiós, muy buenas.” Pues bien, el curso me enganchó como me suelen enganchar a mí las cosas, es decir, al no entenderlas de primeras. De hecho, fue al segundo mes cuando surgió el concepto de “intimidad” en las clases. Concepto que me hizo ver la luz y por el que entendí el resorte interno que debía accionar para pasar de una interpretación “teatral” a una “para la cámara”, y que básicamente resumo de la siguiente manera: para mí, la “intimidad” en el teatro tiene que ver con lo que le pasa a uno mismo o a uno mismo con el otro (si es que hay otro en escena, que es lo habitual), y la proyección de ese momento al espectador, mientras que la “intimidad” para la cámara prescinde de esa proyección, pues el objetivo (la lente) ya ha recogido ese momento íntimo.
No quiero indagar en detalles como el tipo de plano, cercanía o lejanía a la cámara, visibilidad, etc, porque entonces nos metemos en un berenjenal que hay que vivir y experimentar para poder ser comprendido en su totalidad. Seguramente, además, la explicación que he dado os resulte insatisfactoria a muchos de vosotros, pero, como he mencionado antes (y si no lo he mencionado, lo digo ahora) esto es lo que a mí y solo a mí me ha ayudado a “cambiar el chip”. Cada uno tiene que buscar la manera de accionar su propio resorte interno. Yo la encontré, y conseguí salvar el primer gran escollo de mi camino audiovisual. A ése le han seguido otros que, incluso hoy, ahora mismo, no me dejan dormir. Pero eso es otra historia…
Miguel Catarecha.-
-“Vi la luz, e iluminadito me quedé”-
Sara Torres